En la última etapa de dominio juvenil uruguayo a nivel continental nuestras selecciones se nutrieron de jugadores del interior, tras expediciones que los entrenadores y sus colaboradores realizaban meses antes, tierra adentro.

A ésos jugadores los acompañaban los capitalinos, que como sucedió con nuestros olímpicos a comienzos de siglo XX, adquirieron sus fundamentos en un potrero, cancha de tierra o barro de las miles que había en Montevideo.

Quienes pisamos los 40 entramos en la etapa final del exterminio. Recordarán por ejemplo varias canchas “de 11” que había por detrás del club de golf. Hace unos 15 años decidieron poner unas palmeras, muchas de las cuales se secaron y ni siquiera repusieron.

En lo personal pasé la mayor parte de mi niñez y comienzo de adolescencia jugando a la pelota en la plaza Trouville. Allí había varios espacios verdes que hacían las veces de canchas y que elegíamos según la cantidad de jugadores que hubiera para disputar el partido.

En ésas “canchas” hoy hay plantas… y más palmeras.

Lo peor es que HOY LO ESENCIAL PARA LOS NIÑOS VARONES YA NO ES LA PELOTA, la tecnología la ha sustituido.

Yo llegaba al liceo y con papel y cinta adhesiva armaba la pelota para jugar antes de entrar a clases. En los recreos hacía lo mismo pero con una moneda. La enfermedad por el fútbol ya no existe y esto que me pasó a mi, seguro les pasó a varios de ustedes.

Cada vez quedan menos potreros y así cada vez saldrán menos talentos naturales para nuestro fútbol. Estamos librados a lo que ocasionalmente puedan formar nuestros clubes los que cada vez cuentan con más dificultades y tienen menos medios.

En Alemania tratan al niño como “una máquina” para así incorporarle todos los fundamentos desde temprana edad. Tienen la tecnología y herramientas necesarias para la enseñanza y los niños la CAPACIDAD DE QUERER APRENDER, primero (sin enojarse!) Y ASIMILAR, después.

Yo no pretendo ver a los niños uruguayos eludiendo conos por horas pero lamentablemente tampoco veo “picados” por la ciudad. Siento que a medida que vayan quedando menos canchas (“potreros”) donde los chicos puedan improvisar y desarrollar sus condiciones naturales, nos irá quedando menos talento para explotar y menos jugadores para descubrir.

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