Desde que tengo uso de razón no tengo mayor sueño en mi vida que el de poder ver a Uruguay campeón del mundo.

Si bien el sueño tendría su realización ideal en un mundial de mayores debo confesar que me sentiría satisfecho si al menos puedo ver esa vuelta olímpica celeste en un mundial juvenil, cualquiera sea la categoría.

Pero hay un hecho relevante por el cual desde siempre sostuve que es prácticamente imposible que mi sueño se pueda hacer realidad. El paso de los años no ha hecho más que reafirmarlo.

Se trata de una circunstancia objetiva, que va más allá de los rivales circunstanciales o la posibilidad de saltar alguna fase de la competencia a través de una definición por penales, donde solemos no ser más efectivos que los rivales.

Y esa circunstancia la traslado a ustedes a través de una simple pregunta… ¿han visto ustedes alguna vez ganar a Uruguay siete (7) partidos seguidos?

Yo tampoco!

Eso, sumado a lo difícil que es avanzar una vez que se accede a los octavos de final de un mundial -bajo el formato actual-, donde aparece el físico -por el alargue- y la efectividad -por los penales- como condimento extra al juego de 90 minutos, me hace pensar cada vez con mayor convicción, de que difícilmente pueda llegar a ver a Uruguay campeón del mundo.

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